Días que pasan bien desapercibidos, entre salir de casa y llegar al gimnasio, J. se despertó a las siete y media de la mañana, se tomó un té verde, pensó qué sentido tenía todo esto, sus dolores lumbares eran un concierto underground de rock, J. se miró en el espejo después de lavarse los dientes, se hizo una mueca cariñosa, pícara, y salió…
Al doblar la esquina, J. se topa con un hombre que carga un hatillo a la espalda, un tipo de unos 40 años que hablaba sin parar y con alguien que solo él veía, y, en un gesto repetitivo con la mano y la cabeza, retorcía el tórax y decía:
«Días que pasan desapercibidos, desapercibidos, los días pasan desapercibidos, mira lo que tienes en los ojos, en los pies, en las palmas de las manos, dime, ¿qué tienes en el corazón, aceite de oliva o tragedia?»
J. desvió la mirada, pero no los oídos, caminó con el exterior intacto, el estómago se le revolvía en busca de respuestas y soluciones a la pregunta del hombre.
La calle desprendía el olor típico de las mañanas del Raval, la tienda de bicicletas de la calle de debajo de la casa de J. estaba abriendo sus puertas. ¿Qué podría ser mejor que pasara antes del mediodía? Pensó J., recibiendo imágenes de cuerpos que se cruzan en su dirección, sus miradas, y todo se vuelve una mezcla de pena, impotencia, admiración y deseo. Cuerpos atraviesan su día a día a diario. Obsérvalos, los cuerpos viven, todavía.
Un ruido de sirena resonó cerca de allí, existen personas, todavía, por todas partes.
La primavera da alergia, la da de verdad, pregúntale a quien abrazas. La primavera tiene colores, pero da alergia, y el verano llega tan rápido, ¿qué besos escogería J. hoy?
La campana de la iglesia avisaba de la hora.
Blem Blum… blem…
J. salió de casa con sencillez, podría haber pensado en uñas pintadas, croissant de chocolate, pero, a esa hora, lo que quedaba eran restos de baile, de noche, de ropa olvidada por el asfalto, restos de un goce humano entre humanas que ocurrió. Ocurre todos los días y en cualquier momento, un goce que solo los cuerpos bien entrenados saben recibir y dar, y allí, en la esquina siguiente, J. se topó con un cuerpo dando vueltas, un giro sin elección, quizá veintitantos años que giraban, rostro cubierto, brazos frágiles, aire de quien existe sin existir, marcas de todo, hasta de una película seca. De un no camino de vuelta. J. no sabía qué hacer, si flotar, si arrodillarse o si abrazar aquel giro de hueso, carne y exclusión.
Me parece que el cuerpo buscaba alguna sobra, aunque fuera en la basura, a veces en la basura o siempre en las sobras de la basura, ya fuera en el mundo, en un paso entre una calle y otra, siempre estamos buscando algo sin sentido para compensar un abrazo negado.
El cuerpo joven estaba allí buscando, en una botella vacía dentro del contenedor, el resto, las gotas de vermut olvidadas, y giraba, se tambaleaba como una danza en el teatro nacional, todo muy preciso e instintivo, su presencia cambiaba el ritmo de quien pasaba, parecía slow motion, acciones de movimientos mínimos descuartizaban a quien buscara una respuesta del cuerpo, o un entendimiento, un juicio.
¡Qué importa!
Ese cuerpo parecía invisible, pero no lo era, y J. ni siquiera sabía cuál era, pero sintió ganas de sentarse, observar y después invitarlo a aquello que ese cuerpo necesitaba, y es probable que incluso J. supiera lo que aquel cuerpo necesitaba, pero los coches y las sobras, los ruidos del comienzo de la mañana, ya no tenían importancia para el cuerpo, las piernas flacas, las rodillas flacas, la ropa más grande que el cuerpo, una identidad que ya ni se comunicaba con el entorno, y J. pasó, observó, se quedó con una incomodidad con la propia existencia, quizá conmigo, que me quedo viendo lo que no debería, J. a veces sabe que estoy siguiendo sus pasos, pero siento que un guion cinematográfico podría salvarlo así: Ext. Día. Calle. Y una acotación sobre el ahora. Un ahora sutil que desconecta los árboles de las calles, y J. vio algo extraño y se asustó.
J. puede pensar que me quedo aquí siendo mucho de nada, ¡es por ser nada de mucho que reconfiguro los ruidos de fuera!
El cuerpo giraba con más intensidad, casi con violencia.
El tiempo se escurre entre los dedos y borra amistades hechas de finales de año, qué distantes están los cuerpos de los otros cuerpos. Qué distantes están los cuerpos.
Ah, porque tuve miedo de invadir aquel giro corporal que buscaba una dosis de cualquier cosa, una traición, una constatación, una verdad, un paquete de golosinas, y todo se va distanciando aún más y tanto que aterra, y desfigura de verdad.
J. parece un cuerpo que encuentra otro cuerpo que gira entre papeleras, coches y pétalos que caen de los árboles, el viento y el cielo como testigos, una sombra de sí. J. parece sentir el desvío de la vida en ese instante.
Corta, corta, corta.
Producción, protege al personaje.
Sombrilla.
Silla.
Agua.
Corta.
¿Cuál será la próxima escena?
Corta, pensó J.
Y un hombre blanco, de esos masculinos heteros, lanza una botella contra la pared y va, furioso, a por su novia, y ella, al intentar librarse de una caricia peligrosa, intenta cruzar la calle y…
Y al lado, coches, trapos en las ventanas esperando que el sol los seque.
Dolor, gritos, bocinas, muchos teléfonos y sus cámaras hambrientas, el cuerpo dando vueltas siguió dando vueltas, y J., sin entender aquel comienzo de día, no consiguió razonar, caminó unos metros y se quedó inmóvil…
Acto seguido, cinco hombres, de esos masculinos, bien masculinos, que son gais, caminando con cierta risa, tres hombres blancos y dos negros, con bigote, los negros, los blancos tenían cara de tenistas. Parecían turistas, tenían ese aspecto de pérdida de tiempo y destino programado. Todos iban en bermudas. A los hombres les encanta enseñar las piernas, y en verano es un sello. Sí, es así tal cual, uno de ellos llevaba una camiseta: cómeme, o te devoro. Era el más festivo del grupo. Imagínate.
Allí estaba J. atravesando su lugar.
Siendo espacio invisible de los ojos que lo observan todo.
Es tan mágico observar alrededor, entre y más allá.
En fin, J. observaba la Rambla como si buscara una foto que hiciera que el mundo se mostrara más amable. Qué increíble, siempre hay algún pétalo cayendo.
Y cayeron varios.
Las palomas echaban a volar a la menor señal de comida.
Unos adolescentes hacían exploraciones escolares.
Una mujer negra de pelo rojizo hablaba por teléfono con la convicción de encontrar el amor del mundo al próximo atardecer.
J. apretó el paso.
Los cuerpos girando aún giraban en su mente.
Y, de la nada, una mano agarró la mano de J.
Y arrastró su cuerpo indefenso hasta una esquina llena de basura.
¡Calle vacía, hasta de vida!
J. intentó gritar y enseguida la mano le tapó la boca, derribó su cuerpo, y se instaló un silencio.
Unos minutos que parecieron trece años y veinticinco días.
La mano en su boca acallaba cualquier señal de esperanza de J.
Los ojos de J. estaban en completa desesperación.
Jadeante, pensó que se trataba de un robo, pero no conseguía moverse, el cuerpo agresor lo limitaba todo, hasta su respiración.
Los lugares más desiertos del mundo están vivos. Alguien tiene que socorrerme, pensó J.
Nacen rosas en volcanes dormidos.
Humanas son borradas sobre el asfalto.
Miradas ociosas permiten invasiones todos los días.
Alguna existencia respira hecha jirones en una UCI cerca de un smartphone pornográfico.
—Déjame salir —dijo J., ¡casi sin aliento!
—¡No te atrevas a reaccionar! —dijo el cuerpo asfixiante.
Y, apretando la cara de J. contra el asfalto, dijo:
—Existir es el plato más caro del día. Seres no masculinos muertos por querer existir como no masculinos. Lagos de luto se secan, comunidades también. Los dominantes están rompiendo sueños, forzando ahorcamientos, diluyendo sus días en gin-tonic. Y tú, ¿a quién votas, a la letra o a la metralleta?
Yo no soy J., cuando pienso que es necesario, a veces solo observo, sin más. Y allí había algo por resolver.
J. vive, y vive más cuando observa.
J. intentaba implorar y de su boca salía un sonido casi como poooooorrrahhfaaaafaaavoooouuuuurrrrr.
J., ante el momento, pensó en los sonidos de las fiestas que atraviesan los vecindarios. J. siempre duerme después de las tres de la mañana. Hay un bar al lado de la casa de J., que fue al local solo una vez y la camarera le cobró una cerveza como si le cobrara la invasión de J. al entrar allí, y J. anda muy sensible. Claro, es comprensible. J. lo cambió todo, hasta las verduras que creía saludables, estaba en un momento tan en paz hace unos días.
Puede que J. eche de menos el aire, pero echa de menos a las personas que ríen y comparten dulzura, risas y algún tipo de desconocimiento.
La pista del bar, que da a la ventana de J., está repleta de invitados explotadores de la miseria, son referencia para los aplausos de los explotados que desean tener éxito. La música en directo en bares cerca de tu casa puede ser esclarecedora, para un nuevo rumbo de la vida, créeme. Es invención, son jóvenes que cantan y lo atraviesan todo antes de la riada.
J. seguía bajo el cuerpo captor, nadie pasaba, ya no había salida, posibilidad de amor, la escena final parecía ser cuestión de tiempo.
Y la voz que salía del cuerpo dijo, babeando la oreja y atravesando los tímpanos de J.:
«La gente anda implorando el final del día. Los animales observan el precio de la terapia. Las películas reproducen la desesperación de la desesperanza sin secretos. Los artistas se exhiben en las redes en busca de pan y diamantes. Mírenme, manden trabajos, escriben. Están hambrientos y atontados. Algunos dando vueltas heridos, otros intentando morder su propio destino sin cola.»
—¿Qué quieres? ¡Déjame ir, no he hecho nada! —dijo J. en estado de shock.
La voz continuó:
«El niño que importa es, quizá, el que vive bajo tu control. Los otros, lo más probable, simplemente no son tus niños. Todos los pueblos están en el mismo barco en llamas. Los teatros se convirtieron en un grito que no pasa del escenario. El sueldo no paga los dolores de la escena cotidiana, los personajes huyeron muy lejos, el ama de casa se durmió antes de que empezara la telenovela. ¿Quién hizo estallar la arena de la playa, hizo el agujero para que el agua del mar se escurriera y se secara? ¿Quién va a incendiar mi corazón? ¿Quién?»
Y J., en medio de los ejercicios en el gimnasio, se acordó del cuerpo que giraba en busca de lo simple, quizá un baño, un plato de comida, un no rendirse de sus piernas flacas. Y de la novia atropellada por un caso más de horror del hombre que adora el cuerpo femenino como propiedad.
¿Por qué será que J. sobrevivió y cómo salió de ese atropello desconocido?
—¡Desaparece de aquí, desaparece!
La voz enredaba los sentidos de J., que rápidamente saltó el muro del miedo y corrió, y aún escuchó al final:
«¡Desaparece!»
Y de nuevo la mano arrastró el cuerpo de J.
Ahora sujetando una botella rota al lado del gato de Botero, y el cuello de J. estaba listo para ser degollado.
La voz dijo:
«El pensador blanco casi zombi devora su filete casi zombi, el tiempo envejece los pasos de aquel pasillo estampado de reconocimiento.»
Secuencias de ejercicios para mantener el cuerpo de J. activado, la cabeza de J. no para, se convierte en todo, hasta en termita de sí misma, qué barbaridad, y, en medio de eso, la gente grita gol.
¡Gol!
¡¡¡Gol!!!
Los coches son diversos y muchos, alguien siente más que hambre y locura en este momento. ¿Qué puedo hacer si el calor se ha adueñado de la ciudad? Yo narro mi película, todos los días tengo una película que narrar.
Y los ahogamientos, los otros sofocados, la incomodidad inunda ideas de supervivencia. ¿Qué es esa persona estampada como un titular elegido? ¿Elegido para qué? ¿Para vivir, para brillar en una cinta hecha de qué? Alguien desea ser tú para no morir. Armas, intolerancia, perversidades o vanidades, ¿vale la pena ser importante sin ser importante? La mirada perdida en el bosque. La risa inventada anuncia que mañana pueden ser lágrimas después de la saliva.
El cielo se va a desplomar en una gota única.
J. salió del gimnasio, esas complicaciones de máquinas, el tiempo en la bicicleta no estaba resolviendo tantos fantasmas a la vez queriendo espacio, era demasiado influencer para pocos seguidores.
J. entró en una tienda paquistaní y se quedó allí, como preguntándose qué quería, además de volver a casa. Oyó nubes pasando y repitiendo algún mantra nada acogedor.
Una mujer con una carta aparece friéndose bajo el sol:
«¡No somos, no somos, no somos!», decía ella.
«Una sola gota más grande que todos los planetas va a caer y punto», declamaba ella, casi como si hablara para un público de mercadillo.
«Yo sé cuándo va a subir el precio del kilo de berenjena», y entonces soltó esa frase.
Solo para no quedarnos en la tragedia anunciada:
La llamada puede ser a la lectura, la información de que tú no marcas ninguna diferencia, vivo, muerto o desaparecido en medio de la gota que cayó.
Tu fe es lo que menos importa cuando el dinero es necesario para salvar a Dios.
¡Y Dios está en un estado de cansancio absurdo!
¡Dios mío, Dios está hecho polvo!
Hasta cerró su cuenta en el banco, la cuenta de él, Dios ya no quiere cuenta corriente, ni like, ni vela, ni promesa, Dios quiere unas vacaciones sabáticas de mil años y dos días.
Dios canceló la tarjeta de crédito, de débito, Dios se fue a surfear en las nubes que él construyó en Urano. Preciado se compró un piso por allí también y está muy contento, vecino de Dios, y no tiene de qué quejarse, en Urano.
Atención.
Dios dijo el otro día:
—¡Paul, te quiero!
—Yo también te quiero, Paul B. Preciado.
J. dejó los ejercicios, se quedó observando a aquellas personas en el gimnasio, ojos tristes, pero deseosos de algún sentido. El universo tiene gerentes y carreteras, y algunas veces estarán cortadas. Las carreteras no son confusas, saben dónde empiezan y dónde terminan.
Escribe una carta con letras, un poema que nombre el rojo en las tintas, pensó J. Cruzó rápidamente los espacios entre las máquinas y salió del gimnasio, vio gente, algunos seguros de adónde iban, otros ni lo pensaban, algunos con una idea de jabones, pero los pétalos de la primavera estaban en el suelo, constató, y el tráfico…
Determinaba quién llegaba tarde a alguna cita, entrega, qué velatorio ni qué nada, J. pensó en soltar una carcajada por su desesperanza, pero se puso los auriculares, eligió una canción y cruzó la Rambla.
Alguien observaba sus pasos, ella observaba a J., que no la notaba, en ese deseo de volver a casa había un estado de sangrado, no son alfombras rojas, se acordó de la amiga trans que vive por allí, pensó en llamarla, pedir ayuda, el día giraba a una velocidad que daba ganas de vomitar, pero apretó el paso, buscó convicción, la zapatilla vieja dejaba ver el dedo gordo queriendo salir, anda, anda, no pares, pensaba J… Estaba desorientada.
Y algunos zapatos en los escaparates esperan pies, pero los zapatos que pisan proclaman deseos infinitos. J. pensó: madre mía, quién, en este momento, está en forma de placer.
Alguien piensa en escribir todo lo que siempre soñó, es una pesadilla mirar la fealdad de cómo se construyó todo en medio de la multitud enmascarada.
El control tiene apellido y determina quién puede sentarse alrededor de la mesa.
¿Quién puede ser así, ovacionando todos los días como si estuviera en un estadio, quién?
Otros son menos que nada…
Botas militares sin remordimientos obedecen órdenes que matan a iguales. Pero alguien venda los ojos del mundo, enmudece el canto de la igualdad, sugiere en la tortura un nuevo espectáculo para la obediencia. Y algún movimiento te engaña, sin ningún pudor.
J. entró en una tienda de dulces y panes, compró una magdalena, un cruasán de chocolate, se quedó en las nubes pensando si comérselos allí o llevárselos a casa…
Y el cuerpo dando vueltas en su cabeza, la mano arrastrando su cuerpo hacia un contenedor de basura, el atropello, la botella rota, ¿qué más falta que pase? Sintió un escalofrío, vio a un hombre blanco que venía en la misma dirección, su cuerpo se heló en pleno verano de cuarenta grados… Pensó en gritar… El hombre entró en la tienda y J. salió como una coneja abandonada por los chocolates de Pascua.
J. reconoció a un dramaturgo que pasaba con su novio, un actor muy bien resuelto musculosamente, se reían… ¿de qué, de la escena teatral comunitaria o de la ciudad y sus festivales?
J., en la calle, sujetaba la magdalena y el croissant de chocolate. El cielo seguía indeciso entre desplomarse o solo amenazar. Algunas personas cargaban bolsas. Otras cargaban urgencias. Los coches pasaban como si tuvieran un destino. J. no siempre se lo creía.
Al cruzar la calle, volvió a ver el cuerpo no definido. J. pensó, por un momento, en cantar en voz alta, intentar cambiar el ritmo de todo. Dos hombres se besaban frente a una tienda china, qué día tan festivo.
El cuerpo seguía allí.
Girando.
Como si buscara alguna sobra entre los restos del día. Sobras que nunca sobran. Como si buscara algo que no estaba en la basura ni en el mundo. ¿El mundo no tiene voz?
Las piernas del cuerpo seguían flacas después de una hora.
Las rodillas seguían flacas.
La ropa seguía siendo más grande que el cuerpo, la cabeza, entre pelo y búsqueda, seguía sin identificación.
Y la ciudad seguía siendo más grande que todos ellos, hablo de los cuerpos.
J. pensó en poesía, pero qué podía provocar eso…
Pensó en fotografía, los ojos están todo el tiempo revelando casos.
Pensó en escribir, ¿dónde, qué letra usar?
Pensó en invitarlo a sentarse, ¿se invita a un cuerpo a sentarse en medio de una ciudad tan feliz?
Pero había cosas que no necesitaban metáforas, necesitaban cuidado.
Quizá, por un momento, aquel cuerpo no necesitaba cariño, solo un plato que saciara su hambre, fuera cual fuera…
Quizá necesitara solo un baño, los baños son sagrados, yo creo que sí.
J. pensó en un abrazo.
Pero tuvo miedo del no, del tiempo, de la no certeza que libera.
El cuerpo necesitaba un reloj que indicara los dedos del mundo, quizá una cama amorosa.
De alguien que lo llamara por su nombre. Que aquel cuerpo pudiera existir.
El cuerpo siguió girando, girando, como si buscara un retrovisor que indicara una morada.
J. observó unos segundos más.
Después siguió el camino a casa. ¿Qué podría existir más allá de eso, del camino a casa?
Al doblar la esquina, J. vio su calle…
La primavera dejaba pétalos sobre el suelo y J. pasaba sin color.
La ciudad dejaba otras cosas. Algo como…
Sonó el teléfono de J., era la antigua vecina… J., con entusiasmo, pero sin saber qué decir, dijo:
—Hola…
Mañana te cuento más…
Mañana cuento más..
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