¡J. se despertó con el timbre de la puerta pegando gritos!
Parecía que el mundo estaba fuera de control —lo que no
deja de ser verdad. Más fuera de control que eso, ahí ya olvídate, tira ajo para arriba, escupe en la sopa y ponte
a criar sapos como superstición para encontrar algún cuerpo de reina, o rey, quizá un princeso, o un oso
que te devore.
J. contesta con el humor de Jesús.
—Sí, ¿qué pasa? ¿Son esas maneras de tocar el timbre de alguien? Antes de ese acto, ¿buscó usted
información sobre mí? ¿No sabe que no quiero andar transitando fuera de la delicadeza? ¿Qué invasión es
esta? —dijo J. Y, por el tono de voz, creo que no estaba de buen humor.
—¡Es de la policía! —gritó una voz de terciopelo.
—¿Cómo? —respondió J., sin saber muy bien si estaba soñando o si aquello era real, si de verdad estaba
pasando.
—¡Es la policía! ¡Necesitamos hablar con J.! ¿Esa persona vive ahí? —replicó el policía educado.
—Esa persona soy yo —afirmó J.
—Entonces, ¿puede abrir el portal o va a bajar? ¿Hay ascensor?
—Oiga, el botón que abre por el interfono no funciona, ¡perdón! Y hay ascensor —dijo J.
—¡Pues baje! —ordenó la voz de la ley.
—¡Un segundo, tengo que ponerme algo de ropa!
—¡Por favor! No quiero follones que molesten a los vecinos que por casualidad pasen por aquí —dijo la
voz.
—Pero ¿qué ha pasado?
—Dos travestis estaban comiendo palomitas delante de la iglesia y se partían de risa del mal tiempo —respondió el
policía, ya sin paciencia.
—¿Dos qué? —preguntó J., sin creer lo que oía.
—¡Travestis! —respondió la voz.
—¿Y? —preguntó J., en el limbo, sin saber si preguntar más o no.
—¿Y? Oiga, o abre o baja, o llamo a refuerzos y vamos a invadir.
J. apenas oyó la palabra invadir y ya estaba en el portal con el pasaporte en la mano, el documento de identidad local, agua
bendita, ajo al cuello, alubias blancas secas en los bolsillos —dicen que atraen la luz y abren los caminos sexuales.
—Entonces, ¿qué pasa? No he entendido bien qué tengo yo que ver con dos travestis comiendo palomitas y riéndose
alrededor de la iglesia.
—Me han dicho que usted tiene una amiga trans. ¡Y que vive aquí en El Raval!
—Sí, pero eso qué implica en…
—La cuestión es que su amiga, esa que vive aquí por los alrededores, ella dio una fiesta en su casa y me parece
que han desaparecido algunas personas después de su fiesta. Y nadie sabe qué ha sido de esas personas.
¡Autoridades de todo el país están implicadas en la operación de rescate, digo, de localización de esos cuerpos
desaparecidos! —dijo el policía, interrumpiendo a J.
—¿Cuerpos? —preguntó J., en estado de shock.
—Cuerpos, J. ¡Cuerpos! Porque no sabemos si están vivos, muertos o flotando por ahí…
—¿Y las travestis se reían por eso? Y entonces… —inquirió J.
—No, las travestis se reían porque Keila con K se lo estaba contando a ella mientras yo, digo, nosotros, la
abordábamos.
—¿Keila? ¿Quién es Keila? —preguntó J.
—Su amiga trans —respondió el policía.
—Mi amiga se llama K. —repitió J.
—¡K de Keila! O Keila con K —insistió el policía.
—No. Mi amiga se llama solo K. —afirmó J.
—¿De Karla? De Kolen, de Kona, de Koloa, de Kiliane… —dijo el policía, ya perdiendo la paciencia.
—K. Solo K. —repitió J.
—Imposible. K. Solamente K. no existe.
—Existe —respondió J.
—Pero ¿K. de qué? —preguntó, furioso, el policía.
—De K. —dijo J.
—¿De Kenyan? —preguntó, ya jadeante, el policía.
—De K. —dijo J.
—Okay, la cuestión es que la fiesta sigue, y nadie encuentra a quien pasó por la fiesta.
—Sí, pero ¿qué tiene eso de ilegal? ¿Usted de verdad habló con K.? ¿O vio a alguna chica parecida
a ella y dedujo que era ella? Otra cosa importante: ¿nadie puede dar una fiesta? ¿Nadie puede
perderse? ¿Nadie puede desaparecer? —argumentó J.
—Bueno, yo creo que poder, se puede, pero la familia está, o las familias están, preocupadas —respondió el
policía, resignado.
—Preocupadas por… —respondió J., entre el abismo y la incredulidad.
—Por los desaparecidos. Y como usted fue la fuente que pensé, yo no, nuestras autoridades pensaron, sí, sí,
usted es una posible pista, estamos aquí y nos gustaría que usted nos ayudara —dijo el policía.
—¿Ayudar cómo? —interrogó J.
—A encontrar a los individuos y las individuas que están desaparecidas y desaparecidos —concluyó el policía.
—Pero si todavía ni me he despertado —soltó J., por impulso.
—¡Despiértese ahora mismo y ya! —ordenó el policía.
—No quiero. He tenido una noche complicada —respondió J., sin paciencia.
—¿Usted estuvo en la fiesta de K.? —preguntó el policía.
—¡¡¡No!!! —dijo J.
—¿Y por qué no durmió adecuadamente? —cuestionó el policía.
—¿Adecuadamente? —preguntó J., en estado de perplejidad.
—Vámonos a comisaría —dijo el policía.
—¿Así? —preguntó J.
—De este modelo y así mismo —afirmó el policía.
—¡No es posible! —descreyó J.
—¡Sí que es posible! —dijo el policía, agarrando a J. del brazo sin darle opción a tener tiempo de pensar.
O de salir corriendo.
Una mujer en lo alto del edificio hacía una performance cambiando el aceite de sitio mientras todo le sucedía
a J.
Palomas atrevidas se aglomeraban en la plaza frente al edificio de J.
Salía el primer bocadillo del día en el bar de la Plaza Pés de la Palla.
El dueño de la ciudad no durmió bien, a J. parece que no le gusta mucho el mismo.
Adversarios son pesadillas, pensaba J. en aquel momento.
Las noticias agitaban pasarelas por barrios famosos.
Las trans se abrazaban en el afecto en la fiesta de K. Que nunca se acababa. Ellas cantaban vidas y salían del
supermercado cargando delicias alcohólicas y Aquarius para hidratarse, unas tres comían magdalenas y
helados baratos, el verano estaba que ardía, los cuerpos en las calles se desnudaban entre una caña, una tapa o
un beso en la boca digno del León de Venecia, y yo todavía soñando con algodón de azúcar y los payasos del circo. Es
año de elecciones, hay gente que se caga por mucho menos.
Cambio de planes
Monedas perdidas
Escaleras, candados, receta casera
Miré desde arriba
El glaciar
sobre cabezas
Alas de avión
Y desvaríos de los finales
Montañas y pasos
programados
Despierta
Los fines
Ve
Trabaja
Los fines
Vuelve
Duerme
Despierta
Los fines
Ve
El teléfono no suena
Parados
Saltadores
Trapecios
Piernas que bailan atraviesan
Avenidas
Contaminación
Extremos
Ansiedades
Retrasos
El vecino acaba de llegar
Noches floridas de excesos
Salió del ascensor
Oliendo los dedos sucios
La camisa manchada
Un dolor tan solitario que congelaba
El calor de la ciudad
Esas ciudades del mundo que hacen doler los huesos
No santos esperan un buen día.
J. en comisaría, prestando declaración sobre lo que no sabía. Y firmaba papeles, le registraban la foto, las huellas,
qué perturbación nada más empezar la mañana. Iba a ser un día de paseo. Pobre. Sintió los labios resecos, la
garganta seca, sintió que estaba en una especie de
Flashback, J. recordó la primera mirada, la belleza, el sexo anticipado, a aquella criatura en la puerta del
restaurante indonesio y a partir de ahí ya no recordaba nada más.
Con dificultad abrió la puerta de casa
Cayó en medio del salón
Se arrastró en la perdición del cansancio, del alcohol y
Durmió de rodillas
Cabeza en el sofá
Zapatos en los pies
Y el día calentándose
El pajarito bebe agua en casa de la vecina de arriba
En la calle el tiempo bochornoso
Sillas sin color
Una desesperanza que asusta a quien cruza
Otros ojos cubiertos
Cruces
Todo es una sobra desgraciada
Tragos llenos de recuerdos
Bofetadas a la farola
Respiración sin nombre
Tos
Ganas de comerse un perrito caliente
Tirar flores de verdad desde el decimoquinto piso
—¡¡¡Que alguien apague esa música en el piso de arriba, por el amor de Dios!!! —dijo J., saltando de la cama, y
notó otro cuerpo allí. ¿Quién era?
J. vuelve a la comisaría. Se dio cuenta de que las sillas de la comisaría flotaban, que la escribiente estaba volando y riéndose, la
tele escupía hacia fuera a los presentadores del programa matinal, y ellos empezaban a entrevistar a J. Preguntando
si J. conocía a K. y si K. tenía más letras en el nombre, si comía arroz integral, si ella era de Barcelona, si estaba
casada o era una alborotadora, si J. sabía de esas fiestas, si había participado alguna vez, si alguna vez había desaparecido, una tonelada y
media de preguntas y, cuando toda la comisaría flotaba, incluidos los reporteros y presentadores, y
conservadores, y presas por pequeños delitos, J. solo respondió que sí, que todo era así mismo. Que
necesitaba volver a casa y seguir durmiendo.
Entra en la comisaría una señora con el pene del marido en la mano, fue un alboroto, y, como todo flotaba, la
mujer tuvo que esperar a que alguien saliera de aquella onda y atendiera a la señora, que me parecía bien decidida a
confesar la amputación por motivos obvios: malos tratos en las cuatro estaciones del año.
J. se dio cuenta de que aquello no iba a ninguna parte. Le habló al oído a una bollera que se encargaba de los asuntos
internos y secretos de la institución y enseguida J. pudo salir sin grandes problemas, dejando claro que volvería
en cuanto tuviera que declarar algo más sobre las fiestas de K.
J. cogió un Uber en cuanto vio la calle, la libertad, se subió y el chico del Uber no era nacional, un pakistaní
que se divertía con lo que ponían en la radio, y le ofreció agua y gominolas de naranja a J.
Al bajar del coche, J. se dio cuenta de que ya eran más de las tres de la tarde, el hambre le rondaba con agresividad el
estómago. Entró en un restaurante turco y compró un kebab, ¡el mejor kebab de la ciudad, dijo el dependiente!
Mirando las manos y los labios de J.
—Gracias —dijo J., cogiendo el kebab y saliendo de allí.
En la calle, ve a una señora de pelo blanco tender ropa de colores en el tendedero de la ventana.
J. pensó:
Quiero escuchar esa playlist favorita mía observando el tiempo. No quiero nada más. Quiero quedarme así,
tomándome un café en silencio, rascándole la cabeza al gato
Tantas cosas que hacen falta
Cuántas veces he pensado que no había cerrado con llave la puerta de casa y he tenido que volver a comprobarlo
Y nada, un día de estos dejo esta puerta abierta de par en par. Y se durmió en el sofá sujetando la mitad del kebab y de la
soledad.
Anocheció
La ciudad cambió
Personas saltan hacia sus lugares de santa perdición
Vasos rebosan
Nadie quiere saber nada de estiramientos, entrenamiento programado
Pago de una promesa
Alguien bebe vino solo en este momento
Escribe poemas
Es fiesta, son corazones bombardeados
Es una prueba para una película
¡Para una sacudida en un cuadro del museo!
Es un ensayo de una obra de teatro
Es el bar de barrio a reventar
Es sudor compartido
Es añoranza sin tiempo
J. se duchó, se puso una ropa digna de atravesamientos filosóficos y corporales, sintió que estaba en el día
perfecto para chupar mango, comer pelos, sentir ojos e ingles. Fue al bar Chamusca, un bar que acepta
gemidos y fotos, sirven de todo, hasta saliva deshidratada para no engordar. A mí me gustan mucho los espacios así,
un sitio así permite cruce de dedos y culos descarados.
J. entró, pero pidió una michelada, dio un trago y sintió que el kebab despertaba con la fuerza del Vesubio. Dios
protector de todes, qué hacer. El bar no estaba lleno, estaba clausurado de tantos cuerpos que caminaban
unos sobre otros, J. corrió al baño, correr es una forma dulce de decirlo, y atravesó una fiesta de
rodeo y llegó al destino deseado y…
—¡Abre esa puerta, hay gente que quiere entrar! —dijo una guapa que estaba de postureo y echando gotitas
en la boca de quien abriera la boca.
¡J., en la duda y en la desesperación, abrió la boca y la gotita cayó! Y el mundo cambió.
Baños cerrados
Esperas alcoholizadas
Risas tontas
Dientes a la vista
Música del momento
—Perdona, necesito usarlo rápidamente —dijo un chico, casi implorando por el amor del santo más
poderoso.
—¡Es que yo también quiero usarlo! —respondió otro chico, medio avergonzado y con cara de asiático—. A esa
gente le gusta el cacahuete.
—Lo usamos los dos a la vez, ¿puede ser? —imploró el apurado, y J. observando cómo se vendía el queso
en la plaza pública.
—¿Cómo? ¿Los dos dentro del mismo baño? —el asiático se hizo el inocente de la montaña.
—¿Qué problema hay? Lo máximo que puede pasar es que nos miremos con más cariño el uno al otro —dijo el
occidental enrollado y muy seguro de sí.
—Iannn, iannn —balbuceó el asiático. Ya dije que para esa gente el cacahuete no tiene cáscara.
—Hay un montón de gente en la puerta del baño, ¡vamos a dejarlo libre! —dijo el apurado.
Una sonrisa, escalofríos en los talones y ojos encantados, prisa que ya no existía, estaban en el
mismo lugar, listos, sambando en el tiempo, otra risa, más risas y, bruscamente, la puerta se abrió y dos
chicas salieron del baño abrazadas, besándose, dedos que exhalaban la paz del mundo, y decididas: ya
haciendo la lista de invitados para su boda.
¡Aplausos para quien no sabe que va a ser invitado!
Parece que este baño tiene amor pegado en las paredes.
Los dos chicos entraron. Claro.
Miradas curiosas aplaudían con sus respectivas pupilas el funcionamiento del bar y las nuevas parejas.
—¿Tardarán? —preguntó J.
—¿Mucho? —dijo un cura que estaba rezando por allí.
—¡En mis tiempos yo solo salía después de glorificar la palma de la mano! —dijo un señor gracioso.
—¿Glorificar qué? —preguntaron, a la vez y con asombro, J., una drag que pasaba corriendo hacia
otra performance en otro local y un holandés que chupaba repollo en las madrugadas de la Rambla del
Raval.
J., medio bajo el efecto de la gotita, no se paró a esperar la famosa respuesta científica del señor de la glorificación.
¡Llamó a la puerta!
—¡Necesito entrar! —J. subió el tono.
Un joven que estaba al lado del señor que glorificaba la palma de la mano como que se quedó interesado en la
glorificación y se arrimó al canoso. Qué éxito esto de glorificar.
—¿Quieres saber mi nombre? —dijo el derretido muchacho.
—¿Quieres saber el mío? —respondió el viejo glorioso.
—M., ¿qué tal?
El chico reveló su gracia.
—S., M., me llamo S.
—Encantado, S.
M. tenía fe.
—¡Ahora toca esperar a que salgan! —dijo S.
—¡Yo espero!
M. dejó claro que el partido tenía prórroga.
—¡Yo también!
S. creyó en el efecto.
—Es todo tan big, ¿verdad, S.?
—Seguramente, M. —respondió S., gruñendo como un leopardo abuelote.
Manos haciendo clic, feeds hipnotizantes, red social, exposición del hambre, del dolor, del duelo, de la distancia entre pasos
programados
Qué variedad de pensamientos
Gastos en impuestos
En chocolate
En esmalte de uñas
Despierta, ve, trabaja, vuelve, duerme
Repetición de los mismos agregados privilegiados como norma dominante
Es en el espacio destinado a los personajes
En el escenario destinado a los actores, en la taquilla destinada a los explotadores, neumático de coche frenando, bocinas de
sustos. Cortocircuito, gente corriendo, fuego en el bar, alarma de incendio.
M. llama a la puerta del baño alertando a los chicos del peligro.
Bar vaciado, chicos encerrados.
Bomberos, llamas, extintores, humo, un silencio extraño, aliento contenido.
¡Puerta que se abre!
Celebración.
Y los chicos salen felices observando cenizas contenidas, el escenario cambió tan rápido, el tiempo del amor es tan
diferente, nada quema, nada interfiere, el mundo se transforma en un fantasma buenecito que no asusta.
—¡¡¡Salgan, fuego, fuego, fuego!!!
J. coge la michelada olvidada en la barra.
Rápidamente el bar se vacía, quedan M., S. y J.
Mañana cuento más…
JFC – BARCELONA – 2026