
Tengo el juicio mal hecho, pensó J., juntándolo y rehaciéndolo siempre cuando los ojos, los ojos de J. se abren. Despertar nunca ha sido algo cómodo, no porque el mundo sea tan ordinario hasta el punto de que J. no quiera despertarse después de una buena noche de sueño, abrazos, besos, mucho sexo y buen sexo. El juicio que ya no atiende mucho a las llamadas de las palabras, esas que inventamos para no tener que adentrarnos en lo real, son desasosiegos, sí, pero levantarse de la cama es tan esencial como leyes que vuelven sus días más raros y enyesados.
Por eso pienso, yo aquí divagando en esta tristeza momentánea… Hoy es un día triste, pero que J., en la trascendencia diaria de percepciones más allá, creo que es una táctica para librarse de tanta herida cotidiana. El no existir en el lugar presente desorienta mucho. Siempre, o parece que siempre, estamos en otro lugar que no es el que estamos. Cada minuto intentando encontrar un nuevo jardín menos seco y más placentero, ya no queda nada de la devastación, de lo que el mundo anda proponiendo, provocando, el mundo no, EL MUNDO EN VANO, EL MUNDO NO, EL MUNDO PERDIÓ LA VOZ, ¿QUIÉN HABLA POR ÉL? Dejémoslo claro, lo que la cartilla opresora y sus reglas están dispuestas a hacer por el ENTORNO-hombre-retorno BIGOTES de la guerra segunda, lo que parece que el pasado reciente de bombas y hornos está a punto de volver con ese ENTORNO-hombre-retorno BIGOTES DE LA SEGUNDA GUERRA, y, esta vez, no habrá media oración para perdonar, tu negocio LUCRATIVO, hoy, que parece ser de Dios QUE TE LO DIO, va a caer como la ceniza de alguna chispa que, huyendo del fuego, se perdió y SE DESPLOMÓ flotando en alguna promesa de que tus pecados tienen que pagarse todos los meses y en dinero, CASH, Dios necesita ese cobro de paz, monetario y extraño. Muy extraño. CASH DIVINO DE TU FE.
Pues J. vive estos días confusos, mucho viento y un calor desplomándose de los cielos, de los mares, de las avenidas, de los ojos de algunos que ya no soportan presenciar este abandono de la realidad en busca de cualquier cosa, hasta del fin, y nada, nada, nada, nada y nada en medio de un mar que ya está cambiando de color, créeme, será un rojo positivo, negativo, con letras determinando qué sangre se derramó allí, creo que a J. le gustaría un jabón suave, que huela a rosa, esos perfumes que calman.
J. se despertó fuera de casa. Al cielo, al aire, en un banco de una plaza de la ciudad vieja. Observó a su lado un cuerpo femenino, un ser a punto de ser madre, una barriga grande, ella parecía sentada, tumbada en la acera, una escena chocante, desesperante, tan anormal que parecía la escena de alguna película de esos directores menos perfumados y más ventilador sin control, ella estaba allí quejándose de un hombre con una mochila a la espalda, él parecía ser su compañero, o qué sé yo lo que era, quizá un hombre más que prefiere huir y dejar al cuerpo femenino cargando la mitad y la mitad de la voz que vendrá a nacer dentro de unos días.
J. pasó junto a ella, junto a él, y siguió unos segundos, dando la espalda, pero no aguantó y se volvió hacia ella, que se levantó del suelo a mediodía y fue a pedir ayuda a una asociación de mujeres, el tiempo parecía vivir allí tan lleno de abandono, de exclusión, de fuertes indicios de aquello en lo que nos estamos convirtiendo.
J. no sabía muy bien por qué estaba allí, estaba, pasó, miró una vez más, contando sus dedos, los ojos llenos de profundidades, tantas cuestiones, J. necesita compañía, alguien con quien hablar sin reglas, sin juicio, sin psicología, sin consejo, sin opinión formada, J. solo necesita otro cuerpo que pueda compartir el tiempo menos seco.
J. se detuvo, se quedó en medio de la calle, personas y coches y bicicletas y vidas e indisposiciones y finales pasaban junto a J. y, de la nada, J. grita:
—Un agua con gas, y un momento sencillo que pueda existir sin distancia. Basta, basta, quién va a abrir el resto de este grifo, quién soporta esto, y todo se vuelve nada, nadie consigue oír, yo ya no me muevo de aquí.
El sonido que salía de algún paraíso entre las esquinas de El Raval era Fita Amarela, de Martinho da Vila. Algún brasileño muy al día lo escuchaba.
Y J. dio un pisotón, empezó a dar vueltas, como si estuviera en un proceso de meditación infinita hasta desaparecer, y giraba sin parar, brazos abiertos, a una velocidad que J. ya no distinguía lo que estaba viendo, era un movimiento continuo donde lo que podía distinguir era un borrón de los edificios, una vista turbia, un lugar donde ya no se podía parar, y todo se quedó girando alrededor de J., todo giraba, y giraba y giraba.
Policía, cuerpo de bomberos, chocolates, bolsa de valores, talleres mecánicos, gente que odia a sus iguales, gente que no quiere ser más que sus iguales, tomates, microondas, flores, bragas, calzoncillos, aguacate cortado por la mitad, todo giraba alrededor, parecía un huracán, pero no lo era, era J. girando, y cuanto más giraba más cosas saltaban por las ventanas, una pareja de la tercera edad salió despedida por la ventana practicando un sexo oral estupendo, el traficante de las piruletas metafetamínicas del barrio se quedó colgado de la ventana de la amante, los lubricantes se destaparon todos, niños gritaban de alegría viendo la diversión del giro de J., señoras con Biblias quedaban despeinadas y veían a sus respectivos maridos desnudos en la ventana de las vecinas, en pelotas, sin ropa alguna, intentando no llamar la atención con el cuerpo desnudo y la polla flaqueando, era mucho lío por culpa de un giro.
Y, de la nada —nunca es de la nada, hay personas que se cruzan en tu camino, apúntalo en la tapa de la mantequilla—, una señora de pelo blanco, pero blanco de verdad, se paró al lado de J., miró a la amiga que iba con ella, que parecía buena gente y que sostenía media docena de botellas de vino que no flotaban, el vino nunca flota. La señora de pelo muy blanco le dijo a J. con familiaridad:
—Y de muertes hay muchas, J., el valor de la permanencia aquí en la Tierra está más cruel que la especulación inmobiliaria. Cuando todo se queda en pasado, no sobra presente, J., mira, estaba yo a punto de irme a algún sitio y me acordé de repente de los caminos por donde pasaron tus pasos. Aquí estoy.
Un señor le dio unas palmadas en la espalda, preguntó el nombre de una calle, J. no sabía qué decir, los ojos del hombre parecían molerse en sueños, los tuyos, J., estaban lejos, y, en un arrebato de libertad:
—Sigue dando vueltas, J.
Y así comenzó una danza, casi un ritual de alabanza a alguna diosa que libera ternura en días calurosos.
—Escucha, esta es mi amiga M., conoce un montón de calles por aquí, conoce a gente importante, sabe de biología, práctica artística, conoce jurados, PDF, y encima hace Kind Line, la muy lista, para ella es pan comido, sabe orientar como nadie a los novatos, sabe mucho de todo, y dijo que el señor se sentó, el señor que ella conoce y que tú también conoces, ni tú, ni ella, ni él creéis ya en esa nube, pero ella tiene algo que decir. ¡Habla, M., abre tu corazón!
Y M., viendo así que todo giraba y lanzaba a todo el mundo por la ventana, bolsa de basura, mercado caro, puesto de fruta, dijo casi en estado de serenidad absoluta, y allí se quedó observando cómo todo se perdía y se ganaba:
—J., o dejas de girar o dejas de girar, nadie aguanta ya esto, la ciudad da vueltas sin control, mírate los pies, están inundados de cervezas y aceitunas, y publicaciones en redes sociales, internet se está saliendo de los teléfonos, agua con gas, tapas y lágrimas, hay mucha indignación en las redes sociales, en las camas y en las publicaciones, escucha, deja de girar, no hagas estupideces, el actor está haciendo la serie de éxito, la gente quiere ver la segunda temporada, el director de la película quiere ganar la estatuilla que va a cambiar el sistema político del mundo y tú sigues girando, los grupos de teatro están haciendo vigilia en la puerta del ayuntamiento pidiendo por el amor de Dios que el alcalde no acabe con lo que ya no consigue matar el hambre de nadie, del asfalto chorrea un líquido tan apestoso que ya nadie quiere saber nada, los bares están llenos, las cárceles están llenas, Correos, la cola de inmigración, la caja del súper, está todo de locos, deja de girar, J., deja de girar, mírame, para ya, vamos a tomarnos un vermut, vamos a hablar con alguna profesora de yoga, vamos a tomar agua con sal marina por la mañana, vámonos a la naturaleza, sal de esa giratoria nadieniana, vámonos al amor, J.
La mujer de pelo blanco agarró la mano de M., le hizo una señal de que todo estaba bien, para que se calmara, y, de la nada, gritó:
—Deja de girar, J. ¡Para ya!
La ciudad ya estaba hecha añicos, sin luz, sin secreto, sin bocina, sin sentido alguno, las ratas pasaban en procesión con las cucarachas, que estaban encantadas con aquel lío, una lesbiana que pasaba ya sin paciencia compró un mango y allí mismo lo devoró, tres chicas enamoradas empezaron a dar vueltas imitando a J., y todo no hacía más que empeorar, y, de la nada, se oye el grito de K., amiga de J.:
—Salid de aquí, dejad a J. en paz, ¡tengo una pareja que quiere tranquilidad en la luna de miel!
Y K. se acercó a J. El giro era general, y ella abrazó a J., le preguntó si J. quería una patata frita, hacer un doctorado, escupir en el asfalto o crear nuevas plantas silvestres que se estaban vendiendo en la ciudad. Y le pidió a J. que parara, que todavía tenía que ir a visitar a una amiga, buscar un piso nuevo para vivir y, al final de la tarde, tendría una cita con su nuevo boy.
J. se detuvo, y todo dejó de girar.
La señora de pelo blanco cogió la mano de M., que conocía a K., y, antes de irse, M. abrazó a K., le besó los hombros y le dijo a J.:
—No estás en tu casa, abre el ojo.
K. le pidió que se fuera y volvió a coger a J. por los brazos, se quedó allí quieta con J. en suspensión absoluta, el cuerpo de J. ya no parecía dar vueltas, bailar.
K. dijo:
—J., sin tiempo incómodo, sin hora para acabar. Soy yo, K., la amiga de J., ¿te acuerdas? Soy yo.
Y pasó en bicicleta L., amiga de K., que lleva a su marido en la bicicleta, estaban felices, y J. preguntó:
—¿Fiestas donde la gente desaparece se están poniendo de moda en la ciudad, K.?
Y K. dijo:
—Yo lo sé, quien desaparece también lo sabe, vámonos de aquí, de la calle, del medio de la calle.
Y J. dejaba de mostrarse al mundo a través de los movimientos no coreografiados, el sol atraviesa todo, hasta el alma de quien pasaba, se paraba y era absorbido por la vida en danza de J.
K. cogió a J. de la mano y dijo:
—No vuelvas a hacer eso, girar toda esta ciudad, no sé, puede girar el mundo, y tenemos que pensar antes de girar, ¿entiendes?
El hombre desnudo del balcón se quedó cortado y la vecina gritó:
—Qué poca vergüenza, si quieres estar desnudo, muestra el sentido de eso, alguien quiere ver lo que tienes…
Y, de la nada, la interrumpió una botella de aceite de oliva que explotó en su ventana.
Veinticinco gais que pasaban de celebración tras el giro de la ciudad gritaron:
—¿Dónde están los activos de la ciudad? ¡Activos, pasivos, patrimonio, capital, acciones, participación, cuotas, dividendos, royalties, valuation, cartera, liquidez, rentabilidad, retorno, aportación, inversión, inversores, accionistas, socios, adquisición, fusión, incorporación, participación societaria, capitalización, monetización, flujo de caja, ingresos, margen, beneficio, holding, fondo de inversión, ronda de inversión, capital riesgo, due diligence! ¡Quiero saber dónde puedo invertir en esta ciudad! Ajá, uju, ¿alguien quiere saber el precio de mi desodorante sin olor o del helado de dos bolas?
Unos treinta y ocho elefantes blancos entraron en la calle sacudiendo la trompa hacia todos lados y, sobre sus lomos, carteles escritos: paz, amor y pimientas. Por el otro extremo de la calle entraron unos ochenta y seis osos panda que sostenían globos de colores en los que ponía I love you, y una banda de rock nació del asfalto, con guitarras, voces, baterías y un sonido que rompió todos los cristales de las ventanas de la calle. Una joven de más o menos veintidós años, con ropa vintage desteñida, abrió la cámara y empezó a retransmitirlo todo por su red social.
J. y K. contemplaban todo ese cambio después del giro en silencio.
Una multitud empezó a llegar por todos lados, las esquinas se fueron llenando, la frutería vendió todos los productos, la multitud se lo comía todo, se lo bebía todo, lo compraba todo, lo daba todo, todo de verdad, y la gente empezó a abrazarse, a lamerse, y la calle se fue inundando de saliva. La gente no paraba de bailar al son de la banda, de los bichos, y empezó a caer una tormenta, gotas de lluvia que, al tocar el suelo y los cuerpos, estallaban en frases. Una de las gotas estalló: «CURURU, PARA MÍ, ES LESBIANA A LA ORILLA DE LA LAGUNA HACIENDO CORÉ-CORÉ…». La frase apareció en la espalda de los pandas y en los cuerpos de mil quinientas mujeres desnudas que cruzaban la calle con pancartas con la misma frase y chupando mango salvaje. La gente cambiaba de fisonomía, el pelo cambiaba de color, el idioma cambiaba, los cuerpos cambiaban, y la gente seguía lamiéndose, era un movimiento en el que todo se lamía: farola, tomate seco, clavo, caja de mercado, bota de ante, pico de pollo. Y no hubo una bronca, una discusión, no hubo un robo de móvil, la gente solo quería lamerse, la lluvia solo quería brillar.
Y J. y K. se miraron, se dieron la mano. Y todo se detuvo por un momento, nadie se lamía, nadie se movía, los pandas se pararon, los elefantes dejaron de sacudir la trompa hacia todos lados, la banda paró, silencio.
Y un coro de voces atravesó los cielos, la tierra y el aire. Y oyeron a millones cantando cumpleaños feliz, era el cumpleaños de K., sesenta años.
Todo ensordeció, las gotas de la tormenta aumentaron, con más explosiones de frases y colores, y la gente siguió cantando y lamiéndose, y lamiéndose y cambiando de cuerpos, de cara, de nombre.
Y salieron en silencio, de la mano, J. y K. doblaron la esquina.
Mañana os cuento más.