Arrastrando las sobras de lo que quedaba del mundo, J. se detuvo justo en el momento de pagar los artículos que había comprado.
Minutos antes, entre la debilidad producida por la deshidratación de la noche anterior, J. imaginó, o tal vez vio de verdad, a una mujer preparándose para el baile sensible en la Rambla del Raval.
J. no sabía dónde estaba. Un lapso de percepción no normativa se había apoderado de su cabeza. J. solía inventar alegría en fiestas tristes.
Mientras tanto…
En otro punto del universo, la Rambla del Raval.
Ella la atravesaba a paso lento, entre aquella sequedad y el desorden de las lágrimas. Un hambre mayor. Un regazo mayor. Una vergüenza inmensa. Abre aquella puerta plastificada y percibe el aire sangrando. Tanta lástima.
Tantas respuestas nunca dadas.
Mirando desde lo alto del cielo, percibe a un ser buscando aquello que ya no existe. Cargando sombra, soledad, la bolsa vacía de alimento.
Alguien debe de existir en otro lugar.
Otro lugar.
Un grito resonó.
Otro.
Y otro más.
La memoria es un animal hambriento, pensó ella.
Deconstrucción del primer recuerdo.
Dolor.
J. salió de casa un sábado por la tarde. Tenía un poco de resaca. La noche anterior había caminado por las calles. J. se preguntaba qué les estaba pasando a sus callos. Se acordaba de la tierra. Se acordaba incluso de la infancia. Acabó en casa de una amiga trans, a la que J. adora.
Y entonces ayudó con la limpieza de la casa. Con la retirada de la rata muerta. Con la selección de bragas, pestañas postizas y zapatos desparejados.
Antes pasó por el supermercado y compró cuatro botellas de isotónico, Aquarius Zero sin azúcares añadidos. A la amiga le encanta beber durante sus noches de fiesta ese líquido con suero y vitamina C.
Lo entiendo.
Algunas fiestas no se acaban nunca.
J. tiene un amigo que vive de fiesta desde que nació.
Yo también comprendo su rave eterna.
Después, J. y ella se quedaron hablando de los espacios dedicados a los cuerpos marginalizados, de la filosofía, de los amores que desgastan, y de su excompañero de piso, que vivió allí durante trece días y que, un buen día, decidió pelearse en un bar, pelearse dentro de su casa y encima romper el fregadero.
¿Cosas que solo pasan en el Raval?
No.
Pasan también en el Poblenou, la Barceloneta, el Eixample y en cualquier lugar donde haya personas.
Entre una cerveza y otra, algunas carcajadas, la amiga decidió tirar algunas cosas a la basura, y J., claro, ayudó con todo el amor y con todos los dolores lumbares que arrastra desde hace más de un siglo. J. siempre los lleva con la valentía y el optimismo de una cebolla morada.
La rata muerta, la amiga de J. la metió dentro de un tarro de cristal. Según ella, sería una prueba más de las condiciones del lugar. Quieren que se vaya de allí. Parece que el administrador de la finca no la quiere mucho. Un idiota, claro.
No querer a la amiga de J. es como no querer al amor.
Pero hay quien no la quiere.
Lo bueno es que ella aseguró la rata muerta dentro del tarro y ahora va a hacer lo que considera importante. Y evita que pueda escaparse espiritualmente, como es obvio.
J. salió de allí feliz. La amiga acompañó a J. hasta casa. Era una madrugada de primavera con un tiempo fenomenal.
En el momento en que salieron del edificio de la amiga, otras personas salían de una fiesta casi enfrente, en la esquina. Ocho jóvenes aparecieron entre besos, abrazos y dedos felices. Se quedaron paradas en medio de la calle en aquella escena típica del paraíso. Nadie era de nadie y todo el mundo junto sienta bien. A quien está y a quien mira.
A J. le encanta observar estas manifestaciones de libertad. Las jóvenes estaban allí para eso. Para la saliva que todo lo cura.
La amiga de J. le cogió del brazo, soltó una risa típica de quien quiere comprarse un colchón nuevo y se fueron de allí hablando de cómo la gente bebe sin rumbo.
Caminaron por las calles como si flotaran.
La gente transitaba por los caminos del Raval. Las ventanas apagaban sus últimas luces de la noche. La vecina de arriba del piso de J. parecía alegre, hablaba alto y seguramente estaba bailando a las tres de la madrugada.
Sus ruidos femeninos eran los de alguien que sin duda bailaba.
J. no sabe cómo se llama, y es probable que ella no sepa de la existencia de J., ni del nombre de J.
Así es como pasan las cosas después de las tres de la madrugada.
Pero hoy es sábado y J. ha decidido ir al súper.
Aquí está la mujer del baile sensible. ¿Te acuerdas?
J. se detiene.
Ella esboza una danza sobre el duelo, sobre la añoranza; sabía que el fin no existía. En medio de la Rambla del Raval, frente a aquella aridez humana, sin nada más que la sequedad de las ausencias, inicia el ritual de la opresión, de la duda y del regreso.
Cortó faros, cuchillas en los pensamientos, y una parte de su corazón salió del cuerpo para performar la protesta sobre existir sin invasiones. Con sus pies, sus piernas y sus brazos, su cuerpo, sobre el suelo de la ciudad, se confundía con el polen que caía de los árboles de la Rambla. Un polvo sagrado que evocaba otro sentido del mundo ametrallado quedó suspendido, en silencio, como si todo se hubiera congelado, estático.
La mujer del baile sensible le barajó los ojos a J.
Unos pasos después, J., que no perdía el tiempo pensando dónde duermen las palomas de la plaza, llegó al supermercado.
J. estaba muy bien. Quería preparar una ensalada, comer pechuga de pollo y ser otra persona durante aquel fin de semana. J. tenía en la cabeza que cualquier cosa podía pasar. Estaba sensible. Lo estaba de verdad. A J. le gustaban muchísimo las fiestas populares, las campanas de iglesia, el vermut y la tapioca brasileña. Pensó incluso que necesitaba besar una boca o recibir abrazos con más delicadeza.
Creo que lo que J. quería de verdad era comprar helados, algunas latas de cerveza y volver a casa. Pero compró comida sana y se quedó observando, desde la cola, el desenlace de aquel hombre canoso que no se movía.
La chica de la caja dijo el importe, y nada.
El hombre seguía apático, desapareciendo por los ojos.
Un velatorio tenía lugar al otro lado de la calle.
Las imágenes de la televisión denunciaban a los inocentes masacrados.
Los teléfonos enviaban mensajes aterradores.
Podía ser solo arte, pero no lo era.
No era una película, ni un poema roto, ni una actriz desgarrando los oídos del mundo.
—Señor, se puede pagar con tarjeta de crédito. Señor, necesito que pague. Hay gente esperando…
Las voces alteradas de la cola ya manifestaban necesidades de tiempo. Alguien tenía que volver rápido a casa, preparar la comida, lavar la ropa, ver el telediario, regar las plantas del balcón, visitar a una vecina enferma, asistir a una boda.
Estaban pasando demasiadas cosas en el mundo y aquel hombre seguía inmóvil frente a la caja registradora.
—Llamad al encargado, al vigilante del zoo, llamad a alguien. Tiene que moverse.
—¡Quítese la ropa, quítese la ropa! Camisa, pantalón, camisa, ropa interior, bragas o calzoncillos, o nada, si no lleva nada. ¡Quíteselo todo! —dijo una viejecita vendedora de pastillas para el deseo de existir.
—Abridle la boca, metedle una dentro. Funciona. Creedme.
Un chico blanco que sostenía una bandeja de huevos empezó a ponerse furioso. Esas cosas de gente ofendida. La tortilla que pensaba hacer era mucho más importante y protestaba con una furia casi carnavalesca, convencido de conocer todos los conceptos universales. Había recibido una buena educación, había estudiado en grandes escuelas y universidades e incluso había pasado una temporada estudiando fuera de la Tierra.
Sí.
Vivió algunos años en Júpiter.
Tiene allí una casita de vacaciones.
Un ser simpático, empático y galáctico.
Estaba muy bien fundamentado. Nunca tuvo que comprarse un lápiz ni una goma de borrar. Y tenía que preparar aquella tortilla antes del mediodía.
Aquello le estaba destrozando la vida.
Llamó a su padre.
El padre llamó a la madre.
La madre llamó al dueño de la ciudad.
El dueño de la ciudad llamó a Dios.
¿Y Dios qué hizo?
Nada.
Dios estaba a otra cosa. Se dio cuenta de que la gente andaba empeñada en pagarlo todo, hasta su propio ahorcamiento.
Dios es muy listo.
—Señor, dígame algo…
Una ambulancia paró frente al pequeño comercio. El sonido de la sirena era insoportable. Una joven pasó por delante del establecimiento llevando su táper a la universidad; gritaba que no quería mojarse, y llovía en el campus.
—¡No quiero mojarme, no quiero!
Los profesores ponían ejercicios en clase y los estudiantes seguían buscando la belleza muerta en el arte y rezándole al Dios muerto de la filosofía. Había mitos, poesías, una alumna nueva, y nada.
Dudas de quien paga por existir.
—Señor, lo siento, voy a atender a algunas personas antes que a usted. Es imposible trabajar así.
Él no estaba preocupado.
No tenía otra forma de existir.
Las estanterías empezaron a caerse.
A las sandías les salieron piernas y saltaban por los pasillos llenos de estanterías derribadas.
Las espinacas cantaban música popular brasileña.
Los actores publicaban un llamamiento más en las redes en busca de nuevos personajes.
Toda la gente salió del pequeño comercio cantando algún himno cualquiera.
No pagaron nada de lo que se llevaron.
El local se quedó vacío.
El hombre siguió inmóvil, observando el silencio.
En las calles, las manifestaciones exigían el fin de la alegría.
La ciudad entera estaba fuera de casa.
Los gatos se carcajeaban desde las ventanas.
Todo estaba perfecto dentro del orden establecido.
En la Rambla del Raval, la mujer bailaba en explosión con su corazón.
Lo sublime había sido alcanzado.
Impecable.
Un avión cruzó el cielo sin destino cierto.
Una pancarta.
Más pancartas.
La mujer de la Rambla bailaba con su corazón femenino.
Y J. dejó todo lo que quería comprar allí, en el suelo, y salió del supermercado…
Mañana te cuento más…
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